Maestro, ¿dónde vives?

A esta pregunta Jesús contesta: «Venid y lo veréis». Los discípulos se fueron con él, «vieron dónde vivían y pasaron aquel día con él» (Jn 1, 30-39).

Invitar a alguien a tu casa representa una de las muestras de mayor confianza hacia otra persona, porque cuando ofreces tu espacio, para ti «sagrado», un entorno que has ido construyendo, adaptando y dejando algo de tu ser en cada rincón, significa que dejas entrar en tu vida a quien invitas, no como un mero formalismo, sino para que te conozca y reconozca, en cada detalle que adorna tu lugar.

Cuando se nos arrebata la posibilidad de tener una vivienda, no solo se nos despoja de un derecho fundamental, sino que se merman muchos de aquellos valores que generan fraternidad, pues cuando no posees una casa te arrebatan el entorno familiar y social, y con ello, las relaciones que podrías tejer a tu alrededor. Sin estos espacios de socialización, nuestra humanidad languidece, el desarraigo social se vuelve cada vez más doloroso; la solidaridad se va ajando y el desencuentro va copando nuestras agendas.

El capitalismo con su especulación de la vivienda ha mercantilizado nuestra convivencia, nos ha despojado de nuestros lugares «sagrados», puntos de encuentro, ha vaciado las plazas y las ha llenado de inhumanidad, soledad y desvinculación. Al sistema no le interesa nada que pueda fomentar la dimensión comunitaria de la persona y, además, esto le proporciona grandes beneficios… ¡dos en uno!

Reivindicar el «derecho a techo» debe ir cimentado en la base de la importancia de la vida comunitaria, de las relaciones que entablamos, de la construcción de una sociedad que mire más las heridas que las estadísticas; ir generando procesos que nos hagan pasar de la emoción a la acción comunitaria, de la conmoción a la movilización.

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